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Nuestra capacidad olfativa

By 27 septiembre, 2018Educación
Capacidad olfativa

Fuente: Gilbert, Avery: LA SABIDURÍA DE LA NARIZ, La ciencia del olfato aplicada a la vida cotidiana, Ediciones B, México 2009 (www.averygilbert.com)

Nuestra capacidad olfativa es muy superior de lo que creemos. Hemos generado, predicado y sostenido una serie de mitos en contra de esta realidad.

Excepto en casos de enfermedad, es demostrable que la alta capacidad olfativa es común a todo ser humano. Personas con una capacidad superior, son casos de verdadera excepción.

La capacidad olfativa de una persona común, es suficiente para que se desarrolle como perfumista, catador o sommelier.

Nuevas pruebas sugieren que los humanos y los animales podrían ser más similares en percepción de olor de lo que pensábamos.

Lo que hace la diferencia entre una persona y otra radica en lo cognitivo; es decir, en la memoria. Esto es, en asociar lo que el olfato detecta, con el nombre que uno recuerda: vainilla, cereza, nuez, pasto recién cortado…

Por lo tanto, para provechar nuestra alta capacidad olfativa, el primer paso es aceptar que la tenemos; y el segundo, es interesarnos y hacer lo necesario para aprender: identificar los aromas que desprenden los objetos y las sustancias; memorizar cada aroma con su origen; practicar y practicar.

Ya que lo cognitivo es el complemento necesario para aprovechar nuestra capacidad olfativa, también debemos estar atentos a la “sugestión”. Es decir, a atribuir míticamente efectos de un aroma.

Algunas notas del libro

  • Aunque cinco canales de sabor no son nada despreciables, son rudimentarios comparados con los 350 receptores diferentes y las dos docenas de categorías perceptivas disponibles para la olfacción.
  • Lo que solemos llamar “sabor” (a fresa, espinaca, chocolate, etc.) en realidad es olor. Esto sucede porque olemos lo que comemos de dentro hacia afuera. Actualmente esto se conoce como retrogusto u olfacción retronasal, pero yo prefiero el nombre que le dio Finck: una “segunda vía olfativa”.
  • El mundo de la olfacción está lleno de creencias irracionales y mitos cuyo único fundamento es ensalzar a algunos (“fulano es el experto, porque tiene un don nato”) o apantallar y divertir a todos (¡qué impresionante!)
  • La capacidad olfativa de un ser humano es tan alta, que algunos estudios no descubren efectos adversos de fumar.
  • Los perros y los humanos tienen una sensibilidad casi idéntica al benzoato de metilo, el olor usado para localizar cocaína.
  • Los perros tienen grandes narices pero esto no significa que los humanos no posean una muy alta capacidad olfativa.
  • La persona promedio probablemente detecta olores a aproximadamente la misma concentración que el catador de vino profesional. Lo que tiene el experto son capacidades cognitivas que aprovechan mejor la misma información sensorial. La ventaja del experto (catador de vinos, perfumista…) consisten más en una facultad cerebral que en una facultad nasal, y se basa en el ejercicio regular de estas capacidades mentales especializadas.
  • Los expertos catadores de vinos superan a los novatos al relacionar sus propias descripciones (mismas que anotan) con vinos que cataron anteriormente. La disciplina mental ayuda a los expertos a evitar una trampa llamada “efecto eclipsante verbal” en la que pueden caer los novatos cuando el esfuerzo para generar una etiqueta verbal interfiere con la percepción del aroma en sí.
  • Sólo las gentes con narices superiores pueden apreciar los sutiles efectos de la forma de la copa.
  • Los perfumistas Robert Calkin y Stephen Jellinek creen que para hacer su trabajo basta con una nariz adecuada. Lo que cuenta para el éxito profesional son las capacidades mentales específicas y los procesos de pensamiento.
  • La superioridad del olfato femenino se debe parcialmente a que las mujeres poseen una mayor fluidez verbal; las capacidades verbales mejoran la actuación en los tests de memoria de olor e identificación de olor.
  • Hellen Keller murió en 1968, pero sigue siendo todo un símbolo de la creencia en que la ceguera convierte a las personas en supeolfateadoras a manera de compensación. Pero se ha probado que la superioridad de los ciegos en la identificación de olores depende de factores cognitivos como la memoria más que en una agudeza extraordinaria en la percepción.
  • Comer pan y crackers en la cata de vinos, o sorbete entre platos en un restaurante francés, no agudiza el paladar. Esto es: nuestra capacidad olfativa es suficiente y no necesita que le ayudemos mucho.
  • Maridar adecuadamente un vino es placentero, pero no mejora la percepción de un catador. De nueva cuenta: nuestra capacidad olfativa es suficiente y no necesita que le ayudemos mucho.

Notas en torno a la sugestión

  • El poder comúnmente reconocido del aroma deriva en gran medida del poder de la sugestión.
  • Las expectativas de un juez respecto al vino cambian cuando la copa puede verse.
  • El cerebro de un paciente intuye daños en un mensaje sensorial que no causa alarma en una persona sana… Incluso los aromas más inocuos se convierten en objetables si nos recuerdan una experiencia desagradable.
  • La imaginación tiene mucho que ver con el efecto nocivo de los perfumes.
  • Lo que creemos de un olor, y el poder malevolente que le atribuimos, altera nuestras percepciones sensoriales y nuestras respuestas fisiológicas. Esto no debería constituir una sorpresa: creemos que el olor nos hace atractivos, relajados, atentos.
  • El estudio científico del recuerdo olfativo está actualmente en estado de cambio. Después de un largo e infructuoso rodeo gastado cuantificando una ficción literaria, se está abandonando la idea de que el olor es único entre los sentidos.
  • Si la memoria olfativa es como otras formas de memoria, ¿por qué se percibe como algo tan mágico que un olor espolee un recuerdo? En gran parte tiene que ver con la sorpresa. Uno no estaba tratando de recordar las pinturas, aceites, y disolventes en el taller del abuelo, sino que el recuerdo salta sin que uno se pregunte por él, al pasar por un penacho de olor aleatorio. Lo que es aún más sorprendente: no hicimos un esfuerzo deliberado para memorizar aquellos olores cuando teníamos siete años. Si lo hubiéramos hecho, el recuerdo no nos sorprendería.